Carolina Ángel de Chirinos
Analista Junguiana
El alma de Venezuela está rota. Fracturada. Conmocionada. Y con ella, el alma de quienes la habitan —hayan nacido en esta tierra o no— y también para quienes la vivimos desde afuera, cargando un dolor que no conoce fronteras. Es un desbordamiento de llanto, sufrimiento, impotencia, indignación, rabia y miedo.
Pero lo que hoy emerge no es una empatía construida para la ocasión, ni una sensibilidad moldeada por la conveniencia del momento. No. Esta vez la empatía es real, profunda, visceral. Nace del reconocimiento de que compartimos una misma tierra, una misma geografía, una misma emoción. Descubrimos que ese otro y yo llevamos el mismo dolor, el mismo sufrimiento, la misma pérdida, el mismo miedo.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Dónde están esos “líderes” que durante años nos enseñaron a llamarlos así? ¿Dónde encajan en este paisaje de ruinas y desolación frente a una humanidad desbordada, desamparada, abandonada?
La tensión de la tierra y la tensión del alma.
Los geólogos hablan de placas tectónicas que se movieron, tras décadas de tensión acumulada, ocasionado un doblete sísmico, es decir dos terremotos simultáneos, en escala sismológica de magnitud del momento de 7.2 Mw y 7.5 Mw, con una diferencia de 39 segundos entre ellos. Como psicólogo y analista junguiana, no puedo evitar que esa explicación resuene como un símbolo: también en la psique colectiva venezolana se ha acumulado una tensión de más de 27 años. Una tensión psíquica que ahora estalló, se fracturó, y se hizo visible.
Para que haya movimiento psíquico debe haber tensión. Y este terremoto, con toda su devastación, ha revelado que algo profundo se está moviendo en el alma del país. Se mueve de manera sorpresiva, impresionante, inevitable.
El terremoto, en términos junguianos actuó como un arquetipo activador, un evento que hizo visible lo que estaba reprimido: que la vieja narrativa de “cambiar todo para que nada cambie”, ese recurso que tantos seudo líderes han usado para controlar al pueblo, ya no sostiene a un colectivo, una vida, un país. La tensión acumulada abrió grietas, fisuras, roturas en la psique del venezolano, surgiendo una nueva forma de responder ante la catástrofe: No esperar. No delegar. No callar. No creer que el otro —ese supuesto poseedor del poder— es quien debe actuar.
Hoy la acción nace desde nuestras propias posibilidades, desde nuestros recursos, desde nuestro poder. Y cuando ese poder individual es reconocido, asumido y se une al del otro, aparece algo transformador: un movimiento psíquico individual, colectivo y nacional.
Cronos y el despertar del pueblo
Quiero creer que ante la magnitud de este terremoto ya no somos los mismos, ya no somos ese país intimidado por un Cronos que se ha ido devorando todo, que se alimenta de la amenaza, la represión, el miedo, la ignorancia, la sumisión y la pasividad. Ese Cronos que promete la ilusión de alimento, salud, educación, hogares seguros, seguridad ciudadana, bienestar, mientras se traga cualquier brote nuevo que nos traiga esperanza, oportunidades, confianza, conciencia, responsabilidad, libertad, autonomía, dignidad, respeto. Cronos se traga todo aquello que identifique como diferente a él.
Pero este pueblo ha demostrado que posee recursos, fortaleza y coraje para enfrentar a ese Cronos que ha fracturado el alma nacional. Porque cada movimiento nuevo, cada posibilidad nueva, cada respuesta nueva es una amenaza para su estabilidad, su seguridad, su poder. Y, sin embargo, hoy ese poder ya no infunde el mismo miedo. Hoy está siendo desmontado desde la fuerza y la unión de un colectivo, de un pueblo que ha despertado.
Hemos aprendido —a fuerza de desengaños, golpes, frustraciones, amenazas y burlas— que no necesitamos alimentarnos del miedo, de la venganza, de la rabia, del odio, de la división o del resentimiento. Hemos aprendido que no necesitamos de ese Cronos poderoso.
Este pueblo ha descubierto que tiene la iniciativa, el empuje, la acción, la capacidad de resolver. Que puede pasar de una situación a otra gracias al apoyo mutuo, a la colaboración, al sentimiento de ser un equipo que se organiza, actúa, ejecuta y produce resultados.
Han salvado vidas en lugares donde se creía imposible llegar. Han actuado sin recursos, con fuerza física, astucia, inteligencia, disposición, apoyo mutuo y fe. Una fuerza interna se ha hecho visible: la fortaleza del individuo, del pueblo, del país.
En este momento no importa si somos “de uno” o “del otro”. Somos un solo país. Una sola colectividad. Un solo dolor y una sola acción compartida. Una patria.
Eso es ser venezolano. Eso es Venezuela.
Junio 2026
Carolina Ángel de Chirinos
Lic. en Psicología. M.Sc.
Analista Junguiana. Didacta y Supervisor
Carolinachirinos_a@hotmail.com