De amigos

In Memoriam

Dr. Luis E. Galdona
Médico Psiquiatra (M.D, M.Sc.)
Analista Didacta y Supervisor
(1947 - 2025)
Egresado de la Universidad Central de Venezuela, ejerció la psiquiatría y la psicoterapia a tiempo completo y de modo privado. Fué miembro individual de la IAAP desde 1995 y fundador de la SVAJ. Dirigió seminarios, cursos, grupos de supervisión clínica y de lectura de "Medicina Arquetipal" de Alfred Ziegler (el cual tradujo para el curso) junto a Carin Neuberger de Luque. Organizó incansablemente: los cineforos de la Fundación C.G. Jung de Venezuela, Lo Arquetipal en el Cine junto a Lisímaco Henao de Casa Jung Medellín, y el Cineforo de Psicología Arquetipal en el Trasnocho Cultural a partir del año 2004. Cinéfilo confeso y estudioso incansable de las imágenes de la psique, publicó " Los bordes de la imagen. Apuntes sobre cine y psicología de los arquetipos".
Iván Rodríguez Del Camino
Médico, PhD,
Analista Didacta y Supervisor
(1944-2021)
Fue profesor titular de Medicina en la Universidad Central de Venezuela y Doctor en Filosofía de la Universidad de Cambridge. Ejerció como Analista Junguiano en ejercicio en Caracas. Miembro de la IAAP desde 1995 y de la SVAJ desde su creación. Fué un motor fundamental como fundador de SVAJ siendo parte del primer grupo de analistas aceptados como miembros individuales por la IAAP. Fué un ejemplo y un maestro que compartió generosamente su conocimiento de la psique profunda. Algunos de sus cursos fueron: " La Envidia y los Griegos" lectura del libro de Peter Walcott, Desde la Psicología de los complejos", "Conversaciones entre Cuerpo y Alma. Lecturas psíquicas entre fisiología y patología", "Sobre la naturaleza del Animus. en Anima y Animus de Emma Jung", Reflexiones sobre "Las Variedades de la experiencia religiosa" William James con motivo de los 100 años de su publicación. Fué conductor de El Club de los Sábados junto a Pablo Raydán y Freddy Javier Guevara.

1 Comment

  1. administrador dice:

    Los terapeutas no deben morir.
    In memoriam a Luis Galdona

    Irene Aguilera Monroy
    Julio 2026

    “Progresivamente…”
    Esa fue la última palabra que Luis pronunció al despedirnos en nuestra última sesión.
    Como siempre, uno da por sentado que habrá una próxima. Y no la hubo.
    Semanas después recibí la noticia de su muerte.
    Desde entonces, cada vez que camino por una calle cualquiera o me sorprendo en un momento de reflexión, esa palabra vuelve a mí como un pequeño conjuro: progresivamente. La escucho con su voz, con esa mezcla de serenidad y firmeza que tenía para señalar un camino sin empujar a nadie por él. Era una palabra sencilla, pero contenía una manera de entender la vida: nada verdaderamente importante ocurre de golpe.
    En su sentido más preciso, progresivamente habla de un proceso que avanza, que cambia por grados, que necesita tiempo. Quisiera creer que el duelo también obedece a esa lógica. Que llegará un momento en que los recuerdos, las imágenes, las conversaciones y el silencio comiencen a ordenarse por sí mismos. Que el tiempo haga un trabajo que hoy me resulta imposible.
    Pero todavía no.
    Todavía me descubro pensando, con una mezcla de egoísmo, incredulidad y tristeza:
    Los terapeutas no deberían morir.
    Sé que esa frase no resiste ningún análisis. Es una protesta infantil frente al misterio más antiguo de la humanidad. Sin embargo, no consigo abandonarla. Hay personas cuya presencia termina convirtiéndose en un lugar interior. Uno no las visita físicamente; las habita. Y cuando desaparecen del mundo, cuesta aceptar que también hayan desaparecido de ese lugar donde parecían permanecer intactas.

    Entonces recurro al chat de WhatsApp.
    Releo sus respuestas. Brillantes. Afectuosas. Humanas. Llenas de humor. Porque Luis era profundamente inteligente, pero también divertido. Muy divertido. Y cuando era necesario, podía ser oscuro, categórico, incluso incómodo. Nunca buscó aliviarme con frases fáciles. Me acompañó, que es infinitamente más difícil.
    Muchas veces hablamos de símbolos. Por eso no deja de visitarme la imagen del Arcano XIII del tarot, esa carta que llamamos La Muerte. Qué ironía descubrir que puedo comprender intelectualmente su significado y, al mismo tiempo, ser incapaz de aceptarlo cuando irrumpe en mi propia vida. Esa carta nunca habla únicamente del final; habla de transformación, de un paso necesario hacia otra forma de existencia. Lo sé. Lo he pensado muchas veces. Incluso podría explicarlo.
    Pero comprender un símbolo no significa poder vivirlo.
    Hay una parte de mí que sigue esperando encontrar un mensaje suyo. Que imagina que todo ha sido un malentendido. Que se resiste a aceptar que alguien que ayudó a tantos a atravesar sus pérdidas haya tenido que convertirse, precisamente, en una de las mías.
    Quizá eso también forme parte del camino.
    Quizá el verdadero trabajo terapéutico no termina cuando el terapeuta muere, sino cuando uno descubre que su voz permanece viva dentro de sí, acompañando desde otro lugar. No sustituyendo su ausencia, porque eso es imposible, sino convirtiéndose en una presencia distinta, menos visible y más profunda.
    No sé cuánto tiempo me llevará aceptar su paso a otro plano. Tampoco sé cuándo dejaré de pensar que los terapeutas no deberían morir.
    Solo sé que este será un duelo que me va a costar mucho hacer.
    Progresivamente.

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