Han pasado más de 46 días desde el doble terremoto que sacudió a Venezuela en junio de 2026. Aunque las labores oficiales de búsqueda y recuperación han concluido, para miles de familias la catástrofe continua activa. Aún no han podido encontrar ni recuperar los cuerpos de sus seres queridos para darles sepultura. ¿Qué ocurre con quienes no han recibido noticias, ni afortunadas ni dolorosamente definitivas, sobre los cuerpos de sus seres amados? ¿Cómo se sostiene la psique cuando no hay un cuerpo a quien sepultar? ¿Qué pasa con el duelo sin ritual? La ausencia de información sobre el paradero de los cuerpos produce un fenómeno clínico: el duelo suspendido o duelo sin cuerpo, una forma de sufrimiento psíquico que impide la elaboración simbólica de la perdida, que emerge cuando la muerte no puede ser confirmada, ritualizada ni integrada a la vida psíquica. ¿Qué implica para un país, un colectivo, una familia, un individuo un duelo suspendido?
Para los griegos de la antigüedad, enterrar a los muertos era un deber político, social, familiar y religioso. Las leyes no escritas de los dioses exigían que cada cuerpo recibiera los ritos funerarios que permitían al alma cruzar el río Estigia y entrar al inframundo. Un cadáver abandonado atraía impureza espiritual sobre toda la comunidad, provocando la ira de los dioses en forma de pestes o hambrunas. Negar la sepultura no solo profanaba la tierra, desordenaba el mundo de los vivos. La sepultura era, en esencia, un acto de protección psíquica y colectiva.
En la tragedia de Sófocles, Antígona como arquetipo del duelo y la dignidad, encarna la fidelidad absoluta a este deber sagrado. Cuando el rey Creonte prohíbe dar sepultura a Polinices, ella desafía el decreto humano para cumplir la ley divina. Sabe que negar la sepultura es negar la posibilidad de elaborar su duelo. Su acto no es político, es profundamente humano. Es la afirmación de que la familia es sacrosanta y que hay responsabilidades que no se pueden evitar ni rehuir, como la de ofrecer un entierro digno.
Antígona encarna simbólicamente tres principios clínicos fundamentales: 1. El duelo necesita cuerpo: sin restos, la mente queda atrapada en la ambigüedad traumática. 2. El rito es terapéutico: permite transformar el horror en sentido y 3. La dignidad del muerto sostiene la salud psíquica del que le sobrevive: la violencia sobre el cuerpo del fallecido se convierte en culpa sobre la psique del que vive.
La situación venezolana posterior al terremoto reactualiza el conflicto trágico, escrito hace más de 24 siglos, representado por Antígona. Las personas que buscan los cuerpos de sus familiares —a veces con las manos, con las uñas, con herramientas improvisadas— encarnan una forma contemporánea del arquetipo de Antígona. Su insistencia en recuperar los restos no responde únicamente a un deseo afectivo, sino a la necesidad antropológica de completar el rito funerario.
Las voces de los sobrevivientes que emergen entre los escombros son variaciones del grito de Antígona: “Mi hijo tiene mil kilos de escombros arriba. No voy a permitir que una máquina me lo demuela como un desecho.” “Trabajo con mis propias manos para recuperar el cuerpo de mis seres queridos.” “Busco con las uñas a mi mamá y a mi padrastro, no me puedo quedar en paz hasta encontrarlos.” “Después de 39 días por fin encontré a mi mamá. Ahora puedo darle descanso.” “Después de 33 días pude conseguir a mi hija y a mi familia. Por fin van a tener descanso.” Myriam, refiriéndose a su cuñada: “finalmente después de 40 días dio con el cuerpo de su madre. Estuvo ahí día y noche, con sol, hambre y polvo. La sostuvo la fe, también el amor.” “Estoy aquí guerreando para conseguir, como sea, los cuerpos de mis tres hijos, ellos merecen ser enterrados. No me quedare tranquilo hasta lograrlo.”
Estas voces no son meras manifestaciones de dolor. Son testimonios de una ética de la dignidad, donde el acto de sepultar se convierte en una necesidad psíquica para procesar el duelo que necesita cuerpo, rito y despedida.
La implosión inminente de edificios —justificada por las autoridades como necesaria para avanzar en las labores de recuperación— ha generado dolor y frustración en quienes aún esperan un reencuentro con los restos de sus familiares. Para ellos, la destrucción de un edificio no es un trámite técnico, es la pérdida definitiva de la posibilidad de cumplir con el deber sagrado de sepultar.
Hoy son muchas las voces que se levantan exigiendo que se les entregue el cuerpo de ese otro, que fue hallado y que ahora no se sabe dónde está, es el caso de Cristina, “la señora de las uñas bonitas”, tras ser rescatada con vida de entre los escombros de su vivienda, en La Guaira, fue subida a una ambulancia con destino al Hospital Naval de Catia La Mar. Sin embargo, a partir de ese momento se le perdió el rastro (…) semanas después de incertidumbre, sus parientes la reconocieron en los registros fotográficos forenses de personas fallecidas. El cuerpo de Cristina no aparece en la morgue. No existen registros claros de su paso por los centros de salud tras el rescate. Su hija exige respuestas al Estado venezolano (…) y ubicación de sus restos para poder brindarle una cristiana sepultura.
Antígona pronuncia ante Creonte, quien la acusa de desobedecer sus órdenes, estas palabras:
“No es Zeus quien ha promulgado para mí esta prohibición, ni Niké, compañera de los dioses subterráneos, la que ha dictado semejantes leyes a los hombres. Y he creído que tus decretos, como mortal que eres, no pueden tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables de los dioses. No son de hoy ni de ayer esas leyes: existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempos se remontan.”
En esta afirmación se sostiene el núcleo de la tragedia. Las leyes divinas deben prevalecer sobre los decretos humanos cuando está en juego la dignidad de los muertos y la salud psíquica de los que le sobreviven.
El doble terremoto de Venezuela no solo derrumbó estructuras físicas, derrumbó también la posibilidad de elaborar el duelo. Negar el derecho a sepultar es negar el derecho a cerrar las etapas del dolor emocional. Es impedir que el alma del muerto descanse y que el alma del vivo continúe.
Hoy, Antígona, como figura arquetipal, camina entre los escombros, los hospitales, los refugios recordándonos que la dignidad de los muertos es un fundamento de la vida colectiva. Y que un país que no puede despedir a sus muertos queda atrapado en un duelo suspendido, en un temblor que no termina.
Agosto 2026
Carolina Ángel de Chirinos
Lic. En Psicología. M.Sc
Analista junguiana. Didacta y Supervisor
carolinachirinos_a@hotmail.com